Cuento de Navidad.
Era un hombre cuya principal característica consistía, aparte de su carencia de omóplato izquierdo, en el hecho nada circunstancial de que no tenía dos dedos de frente.
Eso me unió mucho a él, pues antropológicamente el hombre tiende a formar grupos humanos con sus iguales y, en este caso, si exceptuamos lo del omóplato, nuestro protagonista y yo éramos parecidísimos.
Bueno, pues aunque cueste creerlo, este buen señor se llamaba Heidelberg Sánchez-Popourrí (Sánchez-Popourrí es un solo apellido), porque sus padres eran daneses y no como sus madres que eran orensanas. De este pollo ya sabemos que no tenía dos dedos de frente y que yo estuve muy unido a él, pero a esta información, para redondear su perfil, debo añadir sin ambages que había nacido fatuo. No fatuo, como se podría suponer, del pitón derecho o del izquierdo, no; había nacido fatuo todo él.
Fuera nevaba, claro, porque esto es un Cuento de Navidad, pero tampoco nevaba en exceso seguramente porque el cuento va a ser bastante malo; pero el hecho tenaz es que nevaba.
Iba Heidelberg temeroso de que al agotarse la tarde se encontrase sólo en el mundo y sin nada que cenar en aquella amarga noche de 24 de diciembre. Si por desgracia así ocurría, si nada se arreglaba, sería la primera vez que pasaría la Nochebuena lejos de sus consuegros, de sus interventores de la caja de Ahorros Vizcaína y de sus miembros de la Masa Coral de la Mutua Madrileña Automovilística. Miró hacia el cielo, el pobre, con la pacífica angustia de quien sólo cuenta con un milagro para solucionar lo insoluble.
Pasó revista sus posesiones, pues todo lo que tenía se albergaba en sus bolsillos. Nada en los del pantalón carmesí que llevaba; nada en el superior de su camisa magenta; nada en los de la chaqueta fucsia… ¿Nada? No, no, en el bolsillo derecho de su americana había un bono-bus usado (que le servía como mondadientes de fortuna) y ¡Albricias! ¡Un cacahuete!
-Probablemente –pensó- algún alma caritativa haya deslizado subrepticiamente este fruto en mi bolsillo para que no me falte cena en fecha tan señalada como la de hoy.
No me gustaría que se nos olvidase que fuera nevaba. Apunto esto como recordatorio porque si no no sé yo muy bien en qué se va a parecer esto a un cuento de Navidad.
Iba Heidelberg bastante abatido deambulando por la calle Generalísimo Franco cuando oyó un ruido tras de sí, volvió la cabeza y vio que a sus espaldas se encontraba una joven bastante aparente y absolutamente desnuda entre las cejas y los plantas de los pies.
Tiritaba la moza y aunque el primer impulso de Heidelberg fue abrazarla y atraerla al calor de su seno varonil, un poco por el qué dirán y otro poco porque esto es un Cuento de Navidad donde no se habla de ciertas cosas, reaccionó más caritativamente y, sentándose en el bordillo de la acera, se quitó un calcetín y se lo entregó a la bella diciéndole con ternura.
-Toma, hermosa; para que cubras un poquito ese cuerpo infrahumano del que haces gala.
Toda la gente que había observado tan tierna escena lloraba; los unos de emoción, los otros de risa e, incluso, la propia muchacha lloraba, aunque ésta por el hedor inmarcesible que desprendía la prenda de la que tan generosamente se había autodesposeído Hieidelberg.
Allí se separaron ambos, pero Heidelberg había notado que mientras entregaba el calcetín a la piba, algo estaba sucediendo en el bolsillo derecho de su chaqueta fucsia. Así que una vez vuelto a la soledad y carente ya de uno de sus calcetines, echó mano al receptáculo diestro de su chupa y allí estaban no sólo el bono-bus y el cacahuete ya mencionados, sino también un langostino pescanova del que, una vez tomado en su mano, pudo afirmar Heidelberg que era de tamaño más bien terciado.
Era evidente que quien había llevado allí aquel langostino pescanova había sido un milagro que premiaba la generosidad de nuestro Heidelberg. Así que aquella noche de la que no esperaba nada, gracias a su bondad se convirtió en una opípara cena consistente en una sopa de pescado (elaborada con la cabeza y el caparazón del langostino pescanova) como entrada, el langostino pescanova propiamente dicho como plato principal y, para cerrar tan taumatúrgico menú, el cacahuete como postre.
Ved, niños (y no tan niños) cómo la bondad siempre es premiada.
Fuera seguía nevando y los copos caían lentamente en espiral dibujando en la noche silenciosos sacacorchos de color blanco.
Canel.
(Aunque ahora que lo pienso todos los sacacorchos son silenciosos ¿No?)
2 comentarios:
Pantalón carmesí, camisa magenta y chaqueta fucsia. Un poquito maricón ¿no?.
Me ha encantado Canel, y me he dado cuenta que cualquier cuento puede ser de Navidad si hacemos que nieve. Besos
Algunos sacacorchos hacen ñiaaaac, otros hacen ¡Zup!
No, Canel, no todos los sacacorchos son silenciosos.
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