Esta foto del año 1951, corresponde a un audiencia del Jefe del Estado en el Palacio de El Pardo al Cuerpo Nacional de Inspección de Trabajo.En el centro de la foto, un poco a la izquierda, en la segunda fila, y mirando de reojo está mi padre, José Ramón de Cárdenas y Rodríguez.(2.4.)
En primer plano,a la derecha, se ve el corpachón del Ministro, José Antonio Girón de Velasco. A la derecha del Generalísimo, con uniforme blanco, está el subsecretario, Francisco Ruiz-Jarabo, que años más tarde llegó a Presidente del Tribunal Supremo. Junto a él, también de blanco, Joaquín Reguera Sevilla, entonces Director General de Trabajo, más tarde Subsecretario de Vivienda, y, previamente, Gobernador Civil de Santander, a quien le correspondió reconstruir la ciudad después del terrible incendio que arrasó prácticamente todo el casco antiguo el año 1941.El que está leyendo es el Jefe de la Inspección, Manuel Sánchez Rivero, a quien ,un año más tarde,en 1952, mi padre sucedería en el cargo.Del resto de los asistentes identifico, entre otros, a Manuel Garzarán,Marcelo Catalá y Justiniano Bayón, todos ello compañeros y amigos de mi padre.
Pero la historia que se esconde tras la foto es muy otra, y en ella participamos mis hermanos mayores y yo. Hay que aclarar que, en aquél momento, yo tenía cinco años, a punto de cumplir seis.
En aquél entonces, como podéis comprobar, los Cuerpos Facultativos del Estado, tenían un uniforme a la moda de la época.Creo que siguen teniéndolo, pero nadie, excepto los diplomáticos, lo usa, aparte de algunos ingenieros que se lo ponen en las bodas. A mi padre, que era un manojo de nervios y bastante tímido, le horrorizaba tener que ponerse el uniforme; creo, incluso, por lo que os voy a contar, que ésta fué la última vez que se lo puso.
El caso es que, el día anterior, mi madre sacó el uniforme del armario, lo ventiló para quitarle el tufillo a naftalina, lo cepilló cuidadosamente, y lo dejó encima de la cama de su cuarto, junto con los guantes, el cinturón dorado, y la gorra de plato con el escudo del Cuerpo.Al mismo tiempo, ese día, las muchachas habían estado lavando las fundas de unas almohadas rellenas de viruta de corcho, que los más mayores recordaréis. Y nosotros, enredando, nos dedicamos a rellenar con viruta de corcho los dedos de los guantes del unifome paterno.
Al día siguiente, mi padre, con más nervios que nunca, se vistió apresuradamente el uniforme,metió los guantes en el bolsillo,y con la gorra bajo el brazo cruzó la acera apresuradamente hasta el coche, mirando a un lado y a otro como si estuviera huyendo.
Una vez en Palacio, estuvo esperando en una antesala el momento de la audiencia. Cuando un Ayudante les anunció que podían pasar al salón donde les esperaba el Generalísimo, mi padre echó mano de los guantes, se los fué a poner, y...¡horror!, no le entraban los dedos, porque los guantes estaban rellenos de viruta de corcho.Dándose a todos los demonios, y mientras entraba en la sala, fué vaciando como pudo los guantes dentro del bolsillo, sin poder evitar que algunas virutas salieran volando y se desperdigaran por los borbónicos salones de El Pardo.
No quiero ni acordarme de cómo fué su vuelta a casa.Pocas veces en mi vida he visto a mi padre más enfadado y fuera de sí.La bronca fué monumental, y , como primera providencia, nos pasamos la tarde encerrados en el cuarto de baño de las muchachas. Aquello fué tan tremendo, que aún lo recuerdo con espanto.
En cuanto al uniforme,pasados muchos años, un sastre que había en la calle de la Palma, al que llamábamos "el satricida", lo reformó convirtiéndolo en mi primer smoking. Sic transit gloria mundi....
2 comentarios:
Gracias Juaco por tus relatos y anecdotas
Me he reido mucho imaginando que pensarian los hombres de estado viendo caer virutas de corcho de los bolsillos de tu padre.
Es muy emocionantes tener esos resuerdos
Besos
Mamen
¡Divertida anécdota!
Marina C.
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