jueves, 18 de febrero de 2010

SOR EVARISTO

Aunque la mayoría de los Cárdenas “creciditos” sabemos sobradamente quién fue la tía Florencia, diré, para los más jóvenes, que esta buena mujer, hija de un ilusionista cubano que actuaba en el Zoological Circus of Talavera de la Reina y de una “écuyère” que desarrollaba sus habilidades ecuestres en la misma docta institución que su marido, era un dechado de virtudes (mejorando las que puedan adornar al lector de estas líneas).

Tía Florencia, no bien hubo cumplido los 16 años (y ahora informo tanto a jóvenes como a creciditos porque lo que a continuación referiré no lo sabe casi nadie) ingresó como postulante en el convento de las Reverendas Hermanas Palinodias, haciendo los votos, tomando los hábitos o, si gustáis, profesando como hermana un par de años después, adoptando, en tan feliz ocasión, el demoledor nombre de “Sor María Lucía de la sacrosanta Apagación de las lámparas de las vírgenes necias”.

Tan barroco nombre fue idea del capellán de las Hermanas Palinodias que, aficionado como era a los juegos de palabras, calembours, crucigramas y dameros, en un rasgo de creatividad inesperado para los escasos emolumentos que percibía del monjil cenobio, matrimonió en inteligente concordancia el pasado del verbo lucir (lucía, que ya no luce) y el barbarismo por apagamiento (apagación, acción y efecto de apagar, de apagarse o de dejar de lucir).

Sin embargo, a pesar del ingente esfuerzo intelectual desplegado por el memo del capellán, la mala suerte se cebó en nuestra tía Florencia, Sor Lucía, porque, a resultas de la emisión de sus votos, sufrió un áspero cambio hormonal cuyo principal síntoma fue un hirsutismo severísimo que marcó su cuerpo y su psiquis para toda su vida.

Para empezar, las cejas se le unieron sobre el ceño en una especie de mostacho continuo, inusitado tanto por lo largo y lo ancho como por lo voluminoso. Además, sus puntas caían hacia el suelo por los extremos exteriores de los ojos como si fuese el bigote de los bueno tiempos de José María Íñigo, pero ubicado bajo la frente de la pobre monja. En fin; un cromo.

Contra eso se pudo luchar. Las oraciones de la Comunidad Monacal, la tenacidad de Sor Lucía y varios tubos de Depilatorio Taki que la hermana ecónoma compró diariamente durante meses en el cercano Lidl, fueron capaces de obrar el milagro en algo menos de un año.

Pero no bien hubo desaparecido el problema del entrecejo y aledaños, emergió el hirsutismo por el bozo que, en pocos días, convirtió la suave pelusa que nuestra tía monja ostentaba debajo de la nariz, en un auténtico bosque piloso que no hubiese desentonado en el retrato de algún prócer patrio del Diecinueve.

Empezó ya a haber su miajita de sorna cuando una novicia dicaz empezó a llamarla Sor Tejero. Pero cuando su mal se extendió a la barba otra deslenguada novicia la bautizó como Sor Evaristo en recuerdo, explicaba cándida, de un tío abuelo suyo cuya efigie barbada, al oleo, adornaba una pared del recibimiento de su casa paterna en la localidad (Vaya con Dios, también es casualidad) de Paterna y que, en vida, claro, respondió al nombre con que ahora la muchacha motejaba a nuestra tía Florencia en el mundo y Sor Lucía en la religión.

Como podéis ver la vida de nuestra tía Sor Evaristo fue durísima. Ha de tenerse en cuenta que dado, el tiempo transcurrido, la ecónoma se negó a seguir comprando Depilatorio Taki porque sólo la adquisición de este producto en las cantidades que el mal de nuestra tía requería, se hubiese merendado el 17,31 por ciento del presupuesto conventual. Así que la Comunidad Religiosa por propia decisión y Sor Evaristo porque a la fuerza ahorcan, convinieron tácitamente en que la híspida debía convivir con los incómodos filamentos córneos que afloraban por los poros de su rostro y que, a la sazón, eran tan abundosos que dejaban en míseras mantillas al heroico conde urgelés Wilfredo el Velloso (Guifré el Pilós en lengua vernácula).

De Sor Evaristo, de quien en el primer párrafo he dicho que era un dechado de virtudes, debe saberse que, a pesar de ello, era una mujer detestable que hacía mofa con descarnado ludibrio de personajes tan admirables como Elsa Pataki o similares. Bebía desaforadamente anís del Mono, blasfemaba entre dientes, negaba el dogma del Cuerpo Místico de Cristo y, no contenta con todo ello, votaba al PSOE. En fin, que no tenía desperdicio.

Al final de su vida tenía el bigote y la barba tal los de Ho-Chi-Minh de largos y de blancos. A mí Sor Evaristo me escribió una carta en la que expresaba su solicitud de perdón para bastantes de sus pecados porque, aunque era de proterva índole y una redomada hija de mala madre, aunque odiosa y una mal nacida, en el fondo tenía buen corazón.

Y así hemos conocido otro familiar nuestro, por si acaso lo de la cola de la Caja de Ahorros y Monte Sin Piedad.

Canel.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Canel estás describiento a Sor Evaristo exactamente igual que a la Josapacho, muchacha de Rementería que tenía una uniceja negra y enormes bigotes de punta cual cerdas de jabalí. Esa mujer que ademas andaba con las piernas muy abiertas era espeluznante, a mi me daba terror.
La hitoria genial,como todas. Besos

Anónimo dijo...

Elenil, la verdad es q Sor Evaristo debía ser tipo Josapacho, pero no recuerdo q nos diera pánico sino ataques de risa, sobretodo cuando nos gritaba por llamar a su puerta y salir corriendo ¿te acuerdas?tambien pienso que tia Mari de León podría ser su hermana con su considerable mostacho y hablando de mostachos femeninos me viene a la cabeza cuando Coqué le dijo a su madre que por qué le prohibía a ël dejarse bigote y a Elvirita no. Bss Alicia

Pachi dijo...

Alicia: cuando he leido tu comentario sobre sor Evaristo y su parecido con la tía Mari de Leon, no he podido reprimir una fuerte carcajada. Tenía un bigote punzante, como un cilicio, que impedía darle besos, y si lo hacías tenías el peligto de salir sangrando, por lo cual solamente se le daban besos en cuaresma.
En una ocasión, estando la tía en Deba, me preguntó la abuela Carmina que por que no le daba un beso a la tía. Yo tuve que contestarle "perdona es que no la había visto"

Anónimo dijo...

ja ja ja es que me parto, menos mal que no recuerdo haber coincidido con la tía Mari en Cuaresma,es genial lod perdona no te había visto... Soy novata en family car y m encanta conectar con todos,Gracias, tere por tu idea,Canel, con tus cuentos m divierto muchísimo y todos contais cosas tan entrañables...Alicia

Anónimo dijo...

Alicia ¡Qué alegría que estes aqui!Yo no se porqué pero en casa a las tias de León las llamabamos "las cerditos". Tenían una buena casa en Cacabelos que un día se quemó en un incendio. Mi padre las visitó por entonces, y volvió al cabo de un año, pudiendo comprobar que seguia todo exactamente igual de chamuscado ¡hasta el pájaro calcinado dentro de la jaula!. Debían ser raritas. Ya bien mayores tuvieron novios pero no se casaron. Cuando se volvian a León despues de estar aquí nos decían: adius," adius, adius " y nos hacia mucha gracia.
La verdad es que tuvimos suerte que nos tocara Carmina como abuela,, hubiera sido horrible cualquiera de las otras hermanas.Besos