Mira que hemos conocido Cárdenas ¿Eh? Bueno, pues ninguno como Federico Conde o Federico Cárdenas, que a ambos nombres respondía el barbián protagonista de las líneas que siguen. Porque Federico era Cárdenas, desde luego, pero no totalmente, sino sólo a tiempo parcial (part time).
¿Que iba a hacer un negocio?, pues entonces actuaba como un familiar cualquiera de Don Mario; ¿que iba a hacer el bien o a un bautizo y a desplegar enternecedoras condiciones de afabilidad y abnegación?, pues entonces aparecía como Cárdenas.
Al principio no sabía controlar estas cosas y salía a la calle un poco a la buena de Dios o a lo que se terciase. Claro, un día salió a hacer un negocio siendo Federico de Cárdenas y perdió once mil rupias esterlinas (de las de antes). A cambio, en otra ocasión fue como Federico Conde a cantar en el coro de la iglesia del convento de las RRMM Meretrices y acabó robándole un misal con tapas de nácar, que llevaba arrobadamente entre sus manos, a una niña que a la sazón estaba haciendo su Primera Comunión.
Así que su señora, que, a qué negarlo, aunque era una arpía (y perdón por la redundancia) era listísima, le convenció con malas artes para que controlase sus dos personalidades, utilizando cada una de ellas para lo que había sido inventada.
Federico, con el tiempo, quiso ser el hombre que susurraba a las ovejas, a cuyos efectos mercó una punta de 15 pécoras que estabuló en el cuarto de baño de invitados de su casa, con gran escándalo de su señora (que era una arpía, como tengo dicho).
Él se iba por las tardes, entre los Simpson y Pasapalabra, con sus 15 ovejillas a susurrarlas, pero ellas, dolorosamente: ni caso. También es verdad que la oveja es un animal que va más bien a lo suyo y que parece pasar egoístamente de los problemas de los demás, pero Federico, tenaz en su empeño, pasó meses susurrando a las ovejas en el cuarto de baño de invitados aunque hay que admitir que sin obtener ningún fruto significativo.
Conde/Cárdenas, que no era tonto del todo contra lo que pudiera parecer a primera vista, al notar que las ovejas no le hacían pajolero el caso en sus susurros, vino en deducir que acaso los animalitos eran sordos, con lo que progresivamente fue elevando el diapasón en busca del volumen de voz adecuado, hasta que, naturalmente, lo que había empezado como murmullos terminó en auténticos alaridos. Pero ni así: ninguna mejora consiguió en su relación con las rumiantas.
Un día, cuando profería inefables chillidos en la oreja de Caprichosa, ésta giró rápidamente la cabeza y le pegó un mordisco en la mano que le privó, ya para siempre, del dedo índice de la mano derecha.
Este episodio le impactó tanto que quiso suicidarse, pero ¡Ay!, tomó el revólver que para estos casos (y similares) guardaba en el armarito del Cola Cao y los desodorantes y, tras ponerse el cañón del arma en la sien, se pegó un tiro sin más consecuencias que la risa que le entró (y no digamos nada de la que le entró a su señora), cuando se dio cuenta de que como le faltaba el dedo, no pudo apretar el gatillo resultando un acto fallido (acaso ahí se inventó la expresión “gatillazo”; o sea, que esta novedad léxica podría debérsele a un Cárdenas).
Y os diréis. Bueno ¿y por qué nos cuenta Canel esto a nosotros? Pues, contesto yo, porque conviene saber quiénes somos cada uno y así, si un día nos encontramos en la cola del Monte de Piedad, conociéndonos, podamos tener de qué charlar y no estar aburridos mientras esperamos nuestro turno leyendo el Marca.
Desde luego… Yo ya no sé… Todo os lo tengo que explicar.
Canel.
3 comentarios:
¡AY Canel!, cuanto echábamos de menos tus historias. Bienvenido de nuevo al blog. Tere
Canel, gracias por tu vuelta. Es verdad que te echábamos de menos. Abrazos Curra
Marta dijo:
Un part time Cárdenas! ¡¡¡¡Pero qué imaginación, dios santo... es que no paro de reírme!!!!
Gracias Canel y gracias Tere por reenviarme la historia.
Besos a todos desde la censurada y popular república
Marta Olea.
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