Después de amenazaros con ello un par de veces y de superar esta desidia que me corroe y que, estoy seguro, terminará llevándome por el mal camino, paso a explicaros esa teoría que tiene quien esto os escribe sobre la boda de los Reyes Católicos (RRCC).
Isabel (la futura Isabel la Católica) era una jovenzuela de 17 años (voy a repetirlo porque es difícil de creer: de 17 años) cuando tomó la decisión de con quién casarse. Antes habían fracasado los intentos de su hermano el rey de Castilla, Enrique IV, que había pretendido unirla con quien ahora veremos.
En primer lugar, cuando la infantita no tenía más que 6 años, se intentó casarla con Carlos, Príncipe de Viana (o sea, el heredero del trono de Navarra), pero se opuso el rey Juan II de Aragón y Navarra (que, lo que es la vida, terminaría siendo su suegro por otra vía) que era el padre del chavea.
Luego, teniendo ella sólo 15 años, le echó valor y se opuso al matrimonio que Enrique IV de Castilla pretendía enjaretarla con el rey de Portugal, Alfonso V, alegando ante el monarca la importante diferencia de años, veinte, entre ellos.
Más tarde, Enrique IV le quiso endosar a su hermana Isabel un golfo de su pandilla que se llamaba Pedro Girón y que era el Gran Maestre de la Orden de Calatrava. La catadura de este personaje era tal que, a pesar de que el maestrazgo de la orden calatraveña aparejaba el celibato de su titular, llevaba ya engendrados cuatro vástagos (aunque él, eso sí, permanecía célibe tal y como se le exigía; ahí estuvo bien). Isabel andaba aterrorizada porque veía que la boda (que estaba pensada sólo para “colocarla” y que dejase de ser rival matrimonial de Juana “La Beltraneja”, hija del rey) era indefectible. Pero ahí anduvo Dios astuto (bueno, Dios o la mano de un sicario) y, cuando todo parecía perdido, se llevó al tal Girón al seno de Abraham durante su viaje a Segovia para la inminente celebración del odioso, para la novia, himeneo.
Hasta aquí Isabel no era más que una niñata que, además de no tener más poder que el que emanaba de su personalidad, era pobre (su hermano Enrique IV se había quedado con la herencia que era suya). Por otra parte no era la heredera del trono de Castilla, pues lo era la ya mencionada Juana “La Beltraneja”, hija del rey (o, al menos, de la mujer del rey, la reina Juana de Portugal).
Pero de pronto se convierte, tras un acuerdo con su hermano el rey (Pacto de los Toros de Guisando, 1468), en heredera del trono castellano. Ese acuerdo, contenía entre sus cláusulas una que limitaba las posibilidades de matrimonio de Isabel, en el sentido de que Enrique IV se reservaba la exclusiva de la búsqueda de un marido para ella o, como poco, la aquiescencia sobre quien ella eligiese. El incumplimiento de esta parte del convenio haría que el “status” de Princesa de Asturias de Isabel quedase revocado de forma automática.
La ahora heredera al trono tiene algunos amigos (pocos) y sólo dos amigas fieles: Beatriz de Bobadilla (no confundir con su sobrina, homónima, afamada ninfómana cortesana) y nuestra tía Teresa Enríquez; “la Loca del Sacramento” de quien tantas cosas sabemos gracias a Juaco. Naturalmente estas dos mujeres eran sus principales asesoras en lo que a cuestiones epitalámicas se refiere.
Así que desde ese momento se renuevan los movimientos casamenteros alrededor de ella. Y ahí podemos ver a Carlos de Guyena, Duque de Berry, hermano de Luis XI de Francia, que fue rechazado por la princesa porque, simplemente, más que feo era horroroso y enclenque. También hubo algunos intentos con el Duque de Gloucester (hermano de Eduardo IV de Inglaterra), con el aún Duque de York y futuro Ricardo III de Inglaterra (el de la tragedia de Shakespeare; el que gritaba aquello de ¡Mi reino por un caballo!) que, a Dios gracias, resultó fallido, porque Richie era un perfecto hijo de mala madre (por ejemplo, dio muerte a un hermano suyo sumergiéndole en un barril de vino, aunque hay que aclarar que fue la propia víctima quien eligió el tipo de muerte que deseaba).
Pero el movimiento más sólido lo realizó el rey Alfonso V de Portugal que, con el total apoyo del rey de Castilla, reactivó su antigua pretensión de matrimoniar con Isabelita. Pero ella se negó con firmeza. No es que se negase un poco, no; es que se negó absolutamente pues hay que decir que el rey Enrique IV llegó a amenazarla con encerrarla en prisión si esta boda no se llevaba a cabo.
Pero que si quieres arroz, Catalina, que, como se decía más arriba, con sólo 17 años ya había tomado su decisión: sólo la convencía un pollo algo menor que ella, catalán, rico, guapetón, heredero del trono aragonés y, ya por entonces, rey de Sicilia. Se trataba de Fernando de Aragón de cuyo matrimonio con Isabel ya se había hablado cuando la chica no tenía aún 10 años.
Os estaréis preguntando qué demonios tiene que ver todo esto con lo de nuestra tía Teresa Enríquez, “La Loca del Sacramento”, a lo que os contesto que todavía nada, pero que cuando Pitágoras dijo aquello tan ingenioso de que la hipotenusa al cuadrado es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, debió explicar primero qué era un hipotenusa (lo que, por cierto, no está claro) y qué son los catetos ¿No?
Pues eso.
Canel.
(Continuará)
2 comentarios:
Canel:
Lo que me hace alucinar no es lo que escribes y cómo lo escribes, que eso ya lo tienes demostrado, sino que seas capaz de hacerlo a las dos menos veinte de la noche. Por favor, no tardes en la prometida continuación, pues nos tienes, por lo menos a mí, en un sinvivir.
Chico, no sé.
A lo mejor es que como soy seguidor del "Atleti" de Madrid me cuesta dormir.
Canel.
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