domingo, 19 de abril de 2009

PERO VERÁS (II)

Bueno, pues hasta ahora sabemos que Isabel de Trastamara, futura Isabel La Católica, chavala de 17 años, pobre y sin otros activos que la posibilidad de heredar en el futuro el trono de Castilla (los historiadores cursis dicen “el cetro de San Fernando”), se había empeñado en no casarse más que con Fernando, buen mozo, rico, rey de Sicilia y heredero del trono de Aragón.

Todo parecía estar muy bien… pero verás, porque en todo esto hay unos cuantos peroverases.

En 1468, cuando el rey Enrique IV nombra heredera a Isabel, relegando a su propia hija Juana “La Beltraneja”, tiene 43 años. Por lo tanto, la efectividad de una corona ciñendo las augustas sienes de Isabelita podía llegar dentro de unos meses, porque nadie sabemos cuándo vamos a morir (salvo Obama, que tiene toda la pinta de que le van a aflojar un tiro en breve), pero tampoco cabía descartar el que se demorase unos cuantos lustros (el padre del novio, por ejemplo, tenía por entonces 70 años y aún tardo otros 5 en palmar).

Esto no sería un problema excesivo si no fuese porque, ¡Ay!, Isabel era heredera al trono pero con la condición de casarse sólo con quien hubiese recibido el visto bueno de Enrique IV y, como sabemos, ese no era el caso de Fernando de Aragón. Por lo tanto, la novia entraría en la iglesia para el enlace nupcial monísima y siendo heredera de Castilla, pero en el momento en que pronunciase el “sí quiero”, seguiría estando monísima, no diría yo que no, pero habría dejado de ser automáticamente Princesa de Asturias.

Por lo tanto, en la práctica, Fernando no se casaba con la heredera de ningún trono. Los diplomáticos aragoneses debieron prever, como de hecho así ocurrió, que la subida al trono de Isabel estaría indefectiblemente ligado a una guerra civil contra otros pretendientes y sólo se alcanzaría la corona tras un buen acopio de carne inerte y sangre derramada, lo que dejaba el reinado que Fernando pretendía al albur de las armas (y de la fortuna).

Por razones políticas diversas y bastante abstrusas, de las que os haré gracia, tanto en Aragón como en Castilla la mayor parte de la nobleza y la más poderosa de ella era contraria al enlace. Alguno de vosotros recordará cómo en otra de mis apariciones en este “blog” conté cómo el “tío Gutierre de Cárdenas” (el marido de “La loca del Sacramento”), junto a otro enviado de Isabel, trajeron a Fernando subrepticiamente hasta Valladolid, disfrazado el real novio de sirviente y los agentes secretos de comerciantes, para que no se enterasen del viaje ni los nobles aragoneses ni los castellanos.

No quiero dejarme en el tintero (que ya no hay tinteros, pero bueno) que el novio, que era más bien salaz, rijoso o por ser más eufemístico, tendente a la concupiscencia, se presentó a la boda habiendo depositado con sólo 16 añitos su semilla en el vientre de Doña Luisa Duque de Estrada (Duque de Estrada es apellido, aún hoy vigente) que fructificó en un Alfonsito que, con el tiempo, llegaría a ser arzobispo de Zaragoza o virrey de Nueva España. La distributiva “o” es pertinente porque los historiadores se hacen un lío y no distinguen muy bien entre este y otro Alfonsito más que vino al mundo por las fechas de la boda que nos ocupa, aunque esta vez el vientre depositario de la simiente de Fernando de Aragón no fue el de Doña Luisa, sino el de la bella dama catalana Aldonza de Ivorra (o Iborre).

Y aún un último y sorprendente “peroverás”. Resultaba que la Iglesia prohibía el connubio entre ambos novios porque tanto Isabel como Fernando eran biznietos de Juan I de Castilla (1379-1390), así que ellos eran primos segundos entre sí y, por lo tanto, existía un problema de consanguinidad en tercer grado que exigía una dispensa papal.

Pero el pontífice, Paulo II, a pesar de que era proclive al casamiento, no se atrevió a emitir la bula de dispensa por presiones de las noblezas aragonesa y castellana, así que el matrimonio se celebró de espaldas a la ortodoxia Católica.

Peor aún (y me demoro en esto porque, aunque no tiene mucho que ver, por lo menos es entretenido); los nobles partidarios del enlace presentaron a los contrayentes y, después, éstos al presbítero que celebró la ceremonia (que por si interesa a alguien, que supongo que no, se llamaba Pero López de Alcalá), una bula papal emitida 5 años antes por el papa anterior, Pío II, a todas luces falsificada, en la que se eximía a Fernando del impedimento por consanguinidad hasta el tercer grado para cualquier matrimonio que contrajese en el futuro. Si Fernando e Isabel conocían el carácter “ful” de la bula es algo que se ignora, pero si así fuese el hecho era simplemente un sacrilegio que aparejaba la pena de excomunión. Parece que entre los implicados en el tejemaneje se hallaba el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, y el legado pontificio Rodrigo Borja, futuro papa Alejandro VI (que sería el que daría, años después, a Isabel y Fernando y a todos los reyes castellanos y aragoneses, sus sucesores, el título de “Católicos”, un poco para compensar el que había dado el de “Cristianísimos” a todos los reyes gabachos). Para tranquilidad de las ánimas más escrupulosas terminaré este párrafo diciendo que en 1471 la pareja consiguió del papa Sixto IV una dispensa de las de verdad (lo que parece indicar que conocían que la anterior era digamos que de garrafa), con lo que el matrimonio adquirió, si ya no lo tenía, pleno vigor canónico.

Recapitulando, que me voy por las ramas: sabemos que el novio era guapo, rico y ligón mientras que la novia era pobretona y gordita, aunque monilla; el novio reinaba en Sicilia y heredaría el trono de Aragón mientras que la novia debería ganarse su subida al trono con una guerra civil. El rey (y hermano de la novia) rechazaba la boda, que hubo de hacerse en secreto. Lo “más y mejor” de la nobleza de Aragón y de Castilla se oponían a ese matrimonio. La Iglesia prohibía expresamente el enlace, cuando resulta que Isabel era una auténtica beatona y, por último, parece, sólo parece, que los novios se pusieron a mal con el mismísimo Dios (sin ir más lejos).

Habida cuenta que Fernando e Isabel no se conocieron hasta el día anterior a la boda (recordemos lo de “ese es, ese es”) y que, por tanto, no podían amarse por entonces (aunque con el tiempo lo hicieron) ¿Me quiere alguien decir que buscaba Fernando en esta boda?

Canel.

(Continuará)

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