Conocí hace unos años a una señorita (de bastante buen ver, ya que me lo preguntáis) que aunque se llamaba Argimira Boniatowski, decía de sí misma que era una casi Cárdenas.
En efecto, me contaba desolada que su madre fue novia de un pollo de quien no tenía otra noticia sino que se apellidaba Cárdenas. El mismo día en que se iba a celebrar la boda entre este Cárdenas y la mamá de Argimira, sonó el timbre de la puerta, abrió la novia y en el descansillo apareció, vestido de naranja, con una bombona sobre el hombro derecho, con una musculatura que parecía esculpida por Milo (el escultor de la Venus, ¿no?) y esa mirada de color azul Gdansk tan triste que tienen los polacos, un garzón como de una toesa de alto.
Le resultó a la madre de Argimira imposible resistirse a los encantos de aquel repartidor de butano (que, por cierto, traía enloquecidito a todo el mujerío de la “urba”) y la cosa no hubiese pasado a mayores si no hubiese sido por la inoportuna circunstancia de que, en cierto momento, entró el Cárdenas este en la casa de su novia, accedió a la alcoba y allí se encontró, corita y en decúbito supino, a la que iba a ser su mujer y sobre ella, también corito y decúbito, aunque ahora prono, a un butanero polaco (y perdón por la redundancia). Naturalmente que el inminente proyecto de boda quedó cancelado. Aquello era demasiado para un caballero español y encima Cárdenas (aunque el que estaba encima de verdad era el polaco).
9 meses después nacería Argimirita, que deducía ahora que si su madre hubiese sido un poquito menos golfa (o impaciente), ella hubiese sido fruto del encuentro carnal de su madre con el Cárdenas y no con el butanero. Casi una Cárdenas; sólo por unas horas.
Me contaba esto embargada por la emoción y por la Caja de Ahorros y Monte Sin Piedad de Madrid (por un quítame allá unas cuotas de la hipoteca) y yo, he de admitirlo, ploraba de los mis ojos ante tanta calamidad.
Argimira, al verme en aquel grado de postración moral, aprovechó mi momentánea incapacidad para reaccionar con energía y empezó con que si había hecho el Servicio Social en Peñaranda de Bracamonte; que si tuvo un novio cuyo padre había sido medio volante de la Cultural Leonesa, que si había sufrido un herpes genital en las orejas; que si se le solían agarrar las lentejas a pesar del esmero que ponía en que tal cosa no ocurriese, que si fue, que si vino… en fin, yo no sé.
Estábamos en un vagón del metro, entre las estaciones de Argüelles y San Bernardo, mientras ella parloteaba y parloteaba sin parar cuando yo, lentamente para que no se diese cuenta, saqué de mi pantalón un hacha que a estos efectos (y similares) suelo llevar en el bolsillo trasero derecho de esa prenda.
Ya iba a atizarle a Argimira con tan rústico implemento en el escafoides (o en los huesos propios, según me cogiese el meneo del metro) cuando, de pronto, me acordé de la sugerencia de mi primo Pachi sobre que, en vez de dar matarile a mis protagonistas, a lo mejor era menos violento solicitar de ellas un beso en los morros y una fuga a las cataratas de Iguazú.
No tuve más remedio Pachi. Abandoné ni actitud amenazante, la requerí para ambas circunstancias y la tía tuvo el mal gusto de decirme que sí a ambas. ¿Tú que hubieses hecho, Pachi?
Cuando al día siguiente vino la pestañí a casa a detenerme, acompañaba a los guindillas un funcionario de la municipalidad que me largó una factura de 350.000 melondrias (más IVA) por la limpieza del vagón, que había quedado todo perdidito de sangre y vísceras.
Yo no tuve la culpa, Pachi. Yo estuve a lo que me dictaba tu sugerencia, pero ya te digo que la muy zonza de la casi Cárdenas lo estropeó todo accediendo a aquellas dos estupideces.
Canel.
En efecto, me contaba desolada que su madre fue novia de un pollo de quien no tenía otra noticia sino que se apellidaba Cárdenas. El mismo día en que se iba a celebrar la boda entre este Cárdenas y la mamá de Argimira, sonó el timbre de la puerta, abrió la novia y en el descansillo apareció, vestido de naranja, con una bombona sobre el hombro derecho, con una musculatura que parecía esculpida por Milo (el escultor de la Venus, ¿no?) y esa mirada de color azul Gdansk tan triste que tienen los polacos, un garzón como de una toesa de alto.
Le resultó a la madre de Argimira imposible resistirse a los encantos de aquel repartidor de butano (que, por cierto, traía enloquecidito a todo el mujerío de la “urba”) y la cosa no hubiese pasado a mayores si no hubiese sido por la inoportuna circunstancia de que, en cierto momento, entró el Cárdenas este en la casa de su novia, accedió a la alcoba y allí se encontró, corita y en decúbito supino, a la que iba a ser su mujer y sobre ella, también corito y decúbito, aunque ahora prono, a un butanero polaco (y perdón por la redundancia). Naturalmente que el inminente proyecto de boda quedó cancelado. Aquello era demasiado para un caballero español y encima Cárdenas (aunque el que estaba encima de verdad era el polaco).
9 meses después nacería Argimirita, que deducía ahora que si su madre hubiese sido un poquito menos golfa (o impaciente), ella hubiese sido fruto del encuentro carnal de su madre con el Cárdenas y no con el butanero. Casi una Cárdenas; sólo por unas horas.
Me contaba esto embargada por la emoción y por la Caja de Ahorros y Monte Sin Piedad de Madrid (por un quítame allá unas cuotas de la hipoteca) y yo, he de admitirlo, ploraba de los mis ojos ante tanta calamidad.
Argimira, al verme en aquel grado de postración moral, aprovechó mi momentánea incapacidad para reaccionar con energía y empezó con que si había hecho el Servicio Social en Peñaranda de Bracamonte; que si tuvo un novio cuyo padre había sido medio volante de la Cultural Leonesa, que si había sufrido un herpes genital en las orejas; que si se le solían agarrar las lentejas a pesar del esmero que ponía en que tal cosa no ocurriese, que si fue, que si vino… en fin, yo no sé.
Estábamos en un vagón del metro, entre las estaciones de Argüelles y San Bernardo, mientras ella parloteaba y parloteaba sin parar cuando yo, lentamente para que no se diese cuenta, saqué de mi pantalón un hacha que a estos efectos (y similares) suelo llevar en el bolsillo trasero derecho de esa prenda.
Ya iba a atizarle a Argimira con tan rústico implemento en el escafoides (o en los huesos propios, según me cogiese el meneo del metro) cuando, de pronto, me acordé de la sugerencia de mi primo Pachi sobre que, en vez de dar matarile a mis protagonistas, a lo mejor era menos violento solicitar de ellas un beso en los morros y una fuga a las cataratas de Iguazú.
No tuve más remedio Pachi. Abandoné ni actitud amenazante, la requerí para ambas circunstancias y la tía tuvo el mal gusto de decirme que sí a ambas. ¿Tú que hubieses hecho, Pachi?
Cuando al día siguiente vino la pestañí a casa a detenerme, acompañaba a los guindillas un funcionario de la municipalidad que me largó una factura de 350.000 melondrias (más IVA) por la limpieza del vagón, que había quedado todo perdidito de sangre y vísceras.
Yo no tuve la culpa, Pachi. Yo estuve a lo que me dictaba tu sugerencia, pero ya te digo que la muy zonza de la casi Cárdenas lo estropeó todo accediendo a aquellas dos estupideces.
Canel.
1 comentario:
Joder con el Cardenas Canel "el cruel". Que una moza te ofrezca sus morros para besarla, que una moza te ofrezca ir a iguazu para tirarla (me refiero para, los mal pensados ,a tirarla por las cataratas, no se si lo he arreglado o lo he dejado peor).
Que una moza se entregue a ti en cuerpo y alma, y vas tu, desalmado, y la matas, y ensucias el metro con sus vísceras, y yo que se cuantas cosas ensuciaste, Canel.
Yo, como te comente en el anterior escrito, le hubiese dado un beso en los morros, me hubiese ido a Brasil con ella, para despues, y dependiendo del comportamiento que ella hubiese adoptado durante nuestra estancia en Iguazu, la hubiese matado o me hubiese quedado con ella.
No me digas que esto no es mas "fino" que lo tuyo.
Bueno "manchametros" un abrazo
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