Un caballero francés andaba por España desafiando a los hidalgos de nuestra tierra, diciendo que quien le “tocase una empresa que llevaba”, debería correr con él dos lanzas de diamante.
Una empresa (atención Marta y otros familiares interesados en las curiosidades léxicas), es un símbolo que se refiere a algo que se pretende conseguir y que suele ir acompañado de una frase o una palabra. Como comprendo que es una explicación un tanto compleja, diré que, como ejemplo, una empresa puede ser el lazo rojo que se ponen los que declaran estar en lucha contra el sida y su deseo de que desaparezca (el sida, claro, no la lucha).
Ahora se puede entender mejor qué he querido decir el primer párrafo. Más o menos que un caballero francés llevaba una medalla (o algo así) que nadie podía tocar. Quien la tocase quedaba automáticamente desafiado a duelo. El duelo se celebraría a caballo, con lanza, (como hemos visto tantas veces en las películas) y encontrándose ambos contendientes en dos ocasiones. A las lanzas se las insertaría un añadido, en este caso de diamante, para que pudiesen perforar mejor el metal de las armaduras.
Este tipo de actividades, que en el fondo no eran otra cosa que gamberradas de señoritos bien de la época, estuvieron bastante en boga durante la baja Edad Media, pero ahora, ya casi en el Renacimiento, todavía quedaban flecos de actitudes plenamente caballerescas.
De hecho, en el siglo XV en España hubo dos desafíos de este tipo muy conocidos. Uno fue el “Paso Honroso”, celebrado en Hospital de Órbigo (León) en 1434, que pasó a la historia porque se sabe no sólo todo lo que en él ocurrió, sino también el “Reglamento” utilizado, lo que proporciona a los historiadores muchísima información sobre este tipo de episodios.
El otro, de gran trascendencia en la historia de España, tuvo lugar en Puerta de Hierro (en Madrid, en la salida de la carretera de La Coruña junto al Manzanares) en 1455. En él, la empresa del valido Beltrán de la Cueva era, ante los ojos del propio rey Enrique IV “el Impotente” (y tan impotente) un pañuelo de la reina (que era un poquito golfa), lo que suponía un reconocimiento paladino de que D. Beltrán y la señora del rey eran amantes. Nada más natural que cuando nació una hija del real matrimonio, de nombre Juana, el pueblo la apodase “la Beltraneja”, suponiendo con agudo olfato quién era su auténtico padre.
En recuerdo de este “passo”, el rey (ratificando la opinión de muchos sabios de que el portador de los cuernos es el último en enterarse de que los lleva en su frente) fundó un monasterio de padres jerónimos junto al río. Pero años después, por culpa de los mosquitos, los frailes decidieron cambiar la ubicación de su convento y se instalaron, también en los alrededores (por entonces) de Madrid, entre donde están ahora el Museo del Prado y el Retiro; es decir, en la actual iglesia de San Jerónimo el Real (los Jerónimos, vamos; donde se casan los reyes).
Después de esta larga (y no sé si útil) introducción, continúo con lo del caballero francés que paseaba por España con su empresa, desafiando a quien se atreviese a tocarla.
Llegó el galo a Ocaña sin que hasta entonces nadie le hubiese tocado la empresa en tierra hispana, por lo que andaba orgulloso y elato. Pero resulta que topó en esa ciudad (tierra de Cárdenas) con D. Alonso que, mire Vd. por dónde, en presencia de otros caballeros castellanos le tocó la empresa.
Sin mayores demoras se planteó el duelo y, en el primer choque, el gabacho le atizó tal lanzada a Alonso que, atravesando el hierro la armadura, entró en su cuerpo y se quebró quedando un buen trozo de la punta del arma enterrado en sus carnes.
Estaban los leales de Cárdenas atendiéndole después de ese primer envite, cuando el chulo del caballero galo envió un mensajero a decirle a Alonso con sarcasmo que hiciese el favor de devolverle el trozo de hierro de su lanza que retenía en su poder.
Pero Alonso era valentísimo y no se echó para atrás. Así que, aún dolorido, respondió al francés dictando al mismo mensajero las siguientes instrucciones: Dezid a ese cauallero que si hierro ha perdido, que le busque, e que tome la lanza e corra la segunda carrera, si quiere, o conozca (reconozca) que queda (que no recupera el hierro) por su falta (por su culpa).
Aún gravemente lastimado el español se produce el segundo choque, pero ahora es D. Alonso el que mete su lanza dentro del cuerpo del francés, derribándole por tierra y dejándole tan malherido que a todos parecía que estaba a punto de palmar.
Pero D. Alonso, caballero inigualable, a pesar de que no había quedado nada católico, ordenó que llevasen al derrotado a su propia casa y allí diole el tratamiento que hubiese dado al mejor de sus huéspedes, al tiempo que él recibía también cuidados médicos.
¿A que es una historia muy bonita? La verdad es que sólo la he encontrado en un sitio (“Batallas y Quincuagenas” de Fernández de Oviedo), donde no se menciona ni el nombre del caballero franco ni la fecha del encuentro, por lo que tampoco pongo la mano en el fuego por la autenticidad de lo que acabo de narrar. Por cierto, Fernández de Oviedo tampoco aclara si el franchute murió a resultas del golpe de lanza de Alonso de Cárdenas o si quedó vivo.
(Continuará)
Canel
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