viernes, 30 de enero de 2009

LORENZA, la longánima (y III)

La dadivosa Lorenza de Cárdenas solicita, por entonces, de la Venerable Orden Tercera el traslado del cuerpo de su difunto marido desde el convento de las Franciscanas de Constatinopla (en la calle Mayor, frente a la Plaza de la Villa, hoy ya demolido), a la Capilla del Cristo de los Dolores y, además, debajo del altar mayor nada menos.
La petición era sorprendente, porque se conocía el caso de otros hermanos de la VOT que habían demandado algo similar y les había sido denegado y, para más dificultad, la postulante exigía que la tumba fuese sólo para D. Lorenzo y para ella. Pero a favor de Lorenza jugaba, además de su rumboso historial, una promesa de 6.000 ducados a la Orden.
Todo le fue concedido y la orden recibió la pasta prometida que, como siempre, iba acompañada de multitud de jarrones, telas, cuadros... Lo curioso es que a la postre la timaron, porque cuando a finales del siglo XVIII hubo que abrir el forjado para hacer algunas reparaciones, aparecieron 4 cadáveres (uno de ellos con una espada), con lo que la exigencia de exclusividad fue violentada.
De pronto, en 1679, aparecen importantes diferencias entre la orden y la magnánima señora.
El año anterior, la tenaz donante había comunicado a la VOT su intención de concederle la administración de unos fondos (115.308 ducados) que rentaban unos 800 ducados al mes. Ponía tres condiciones (en casi todos sus óbolos había alguna condición); la primera que, durante su vida, la VOT le pasase a ella, provenientes de esas rentas, 500 ducados; la segunda que los aproximadamente 300 ducados restantes se dedicasen a la redención de cautivos en África; la tercera que, una vez muerta ella (era una mujer mayor que ya, en una ocasión, había recibido la extremaunción), se constituyese con esos dineros una fundación dedicada a ese mismo fin.
A todo dijo que sí la Orden comenzando, sin demora alguna, la administración de esos valores en diciembre de 1678, mes en que Doña Lorenza recibió la primera mensualidad de 500 ducados. Pero en abril estallaron las hostilidades porque no se había realizado ninguna otra remesa dineraria. La VOT, entre grandes excusas, le envió dos mensualidades pero la acreedora las rechazó: o todo o nada. Así que demandó (¡quién lo iba a decir hace unas líneas) a los deudores ante la justicia real, solicitando la devolución de la administración de los fondos.
En el memorial de demanda Lorenza acusa a la Orden, entre otras cosas, de haber "metido el lápiz" en las escrituras oficiales de ese acuerdo, para lo que hubieron de robar su copia y volver a ponerla en su sitio tras falsificar algunas clausula y de que, otra acusación llamativa, muchos de los donativos que había hecho habían ido, más que a las obras de caridad que la donante había previsto, a mejorar la situación económica de algún hermano administrador (y chorizo).
En septiembre de 1680, con el pleito en su momento más caliente, Lorenza dicta sus últimas voluntades y los hermanos de la VOT se echaron a temblar.
En diciembre de 1681 fallece, en efecto, Doña Lorenza de Cárdenas. Abierto el testamento los terceros ven, desolados, como los fondos provenientes de Nueva España (que vimos en el capítulo anterior), se los había dejado a una sobrina lejana. Con respecto al pleito, su continuación quedaba a voluntad de su albacea, Dª Juana de Aragón Cortés, duquesa de Terranova.
Pero fuera del testamento, deja encargado a Dª Juana la entrega a la Orden de un "lignum crucis" (reliquia consistente en una astilla de la Cruz de Cristo), acompañado de 7.000 ducados y un buen puñado de joyas para la elaboración de un relicario. La duquesa, por su parte, da el pleito por zanjado (o sea, que la VOT se quedaba administrando los 115.000 ducados) y, encima, en uso de su poder como albacea, rectifica el testamento y quita a la sobrina lejana los fondos de Nueva España para dárselos nuevamente a la Orden.
No me resisto a contar que, para agradecer tanta generosidad por parte de la duquesa de Terranova, los administradores de la VOT decidieron que, para la salvación de su alma, se le rezase... ¡una misa al año! hasta su muerte (tenía 62 años, así que tampoco se dejaron los riñones diciendo misas).
Aunque las disposiciones testamentarias de Lorenza pedían que las exequias se celebrasen sin boato alguno, la VOT no podía permitirlo (y menos en pleno pleito) y le hizo unos funerales de lujo en la capilla del Cristo de los Dolores. No asistió ningún Cárdenas por expreso deseo de la difunta y fue enterrada, según lo pactado con la Venerable Orden Tercera, junto a su querido Lorenzo, bajo el altar mayor del templo.
Como he citado varias veces a la Capilla del Cristo de los Dolores, diré que está pegada a San Francisco el Grande (los castizos de la zona la llaman San Francisquín) y que se puede visitar, aunque con alguna limitación, porque es Patrimonio Nacional.
Bueno. Pues en 1750 los hermanos hicieron otro recuento de lo recibido por la orden proveniente de Doña Lorenza: 1.000.000 de ducados (unos 50 mills. de euros o 10.000 mills. ptas. Además fue generosa separadamente de la orden, pues ya hablamos de la fundación con la que colaboraba en Trujillo, de la redención de presos por deudas económicas o, por ejemplo, el mantenimiento a su cargo de un eremitorio en Las Batuecas.
Su generosidad fue tan grande que alguna de sus fundaciones perduró dos siglos y medio, hasta 1950 (año feliz para la Humanidad pues en él nacimos Chipi y yo).
Canel.

2 comentarios:

Juaco dijo...

Canel, una puntualización en aras de la propiedad en el lenguaje:Técnicamente, se considera "cadáver" al cuerpo humano dentro de los cinco años siguientes a su óbito; a partir de ese momento son "restos humanos" con independencia del estado de conservación en que se encuentren. Por eso es incorrecto decir que los de la memoria histórica están buscando cadáveres en las fosas, ya que dejaron de serlo hace por lo menos sesenta y cinco años.

Anónimo dijo...

Gracias, Juaco.

Estoy seguro de que tienes razón porque al escribirlo, sin saber por qué, me chirriaba.

Canel.