NOTA: Se aconseja no leer de noche.
Bueno, pues resulta que hacia 1218 (o 19 ó 20), cayó por Madrid, haciendo un hueco en la campaña de recristianización de cátaros que estaba llevando a cabo en Francia, nada menos que Santo Domingo de Guzmán (el inventor del rosario, el protagonista de lo de Dominique nique nique...).
Visitó un convento que habían fundado, extramuros de la población (me niego a llamar ciudad al Madrid del siglo XIII) pero muy cerca de ella, unos monjes de su orden. Por alguna razón desplazó a los varones fundadores y llevó al convento monjas que, en poco tiempo, "pusieron de moda" el femenil cenobio en la sociedad de Madrid.
Los reyes y la aristocracia tuvieron grandes atenciones con este centro (que estaba en la actual plaza de Santo Domingo, de la que es epónimo) y fundaron capillas en él. En el siglo XIX se derribó el edificio y las monjas pasaron a otro que actualmente perdura en la calle Claudio Coello (entre Diego de León y General Oraá).
La familia Castilla, de esclarecido origen por ser su miembro primigenio un hijo, Juan, que tuvo Pedro I el Cruel de su esposa Dª Juana de Castro (aunque la verdad es que ni siquiera el propio rey sabía con certeza si era su esposa o no) también colaboró a la buena marcha del convento, agenciándose en el subsuelo del mismo, previo pingüe óbolo, una cripta para los enterramientos familiares que llegó, bien que provisionalmente, a contener en cierto momentos los huesos del mencionado rey castellano Pedro I.
En 1478, un tataranieto del monarca cruel (al que otros motejan, acaso con razón, de "El Justicero"), llamado Juan de Castilla y Zúñiga, contrajo nupcias con Dª María de Cárdenas. No sé mucho más de este matrimonio pero sí, de forma que ya entramos en materia, que ella cometió el error mayor de su vida muriéndose tiempo después. Y, además, murió cuando su marido estaba de viaje.
Tras unos días en que se celebraron los rituales fúnebres y demás exequias (en el castellano de la época se llamaban obsequias) acostumbradas, el cuerpo de María fue llevado al convento para ser enterrado en el subterráneo de los Castilla, a lo que tenía derecho por su matrimonio.
Caía la tarde y el templo estaba oscuro. Sólo la luz titilante de unos cirios iluminaba de forma más bien mortecina la lobreguez de la iglesia. Al fondo, pero como envolviendo el ambiente, las blancas voces de las novicias entonaban el "Liberame domine". Sobre todo ello se oía la voz atenorada de un presbítero que iba leyendo las "recomendaciones de alma".
Unos obreros, con atuendos de menestrales, levantaron con terrorífico chirrido (recordemos que todavía no se había inventado el tres en uno) las lápidas bajo las cuales se encontraba la funeral alcoba de donde ya no debía despertar nuestra pariente de su sueño definitivo.
Quedaron los deudos, cariacontecidos, sobre el firme pavimento mientras descendían por una escalera de piedra, primero dos lacayos vestidos a la morisca con sendas antorchas cada uno, después los portadores del féretro que contenía el macabro fiambre y, por fin, cerrando el lúgubre cortejo, el sacerdote que, revestido con transparente sobrepelliz, bajaba los peldaños remangándose los faldumentos de su sotana, no sabiéndose muy bien si lo que salía de su santa boca, sotovoce claro, eran jaculatorias o imprecaciones.
Abajo, el ataúd de Dª María de Cárdenas fue colocado sobre un pétreo túmulo; el cura todavía rezó un responso más y todos, preste y servidores, volvieron a la superficie donde ya, con quienes habían quedado esperando, se rezaron las últimas oraciones:
- "... las almas de los fieles difuntos descansen en paz"
- "Amén" - contestaron los asistentes.
Fueron las piedras colocadas en su sitio, selladas y... allí se despidió el duelo.
Pero... pero.. ¿Y si la última frase del buen presbítero no hubiese sido otra cosa que la manifestación de un simple deseo?
A las cuatro de la mañana de esa misma noche las níveas manos de una monjita aporreaban la puerta de la celda de la madre superiora del convento.
- ¿Qué pasa? ¿Qué pasa hija? - salió al pasillo la recién despierta.
- ¡Ay madre, perdóneme; pero es que el ánima de Doña María de Cárdenas...
- ¿Qué le pasa al ánima de Doña María de Cárdenas?
- Pues nada que...
- Que ¿qué? hija mía, que estoy en ascuas.
- Pues que, ¡Ay madre!... yo me privo... ¡Que ulula!
- ¿Lo qué?
- Que ulula -y en esas perdió la monjita el rigor intelectivo y se desmayó.
Pero, en efecto. Reunidas de madrugada la mayoría de las monjas en la iglesia del convento, oyeron unos ruidos que no podían ser otra cosa que la de un ánima que no encuentra asiento ni en cielo, purgatorio o infierno. La solución, claro, era la implantación de un turno permanente de oración, pues los méritos que le faltasen a la pobre María para acceder al Paraíso los podría cubrir la comunidad monacal con sus rezos.
Pero fue inútil. A la mañana siguiente hubieron de llamar al capellán para que con su superior conocimiento diese alguna pista de cómo solucionar el asunto, pues a los frecuentes gemidos del alma desorientada se habían añadido, durante la noche, no pocos golpes, seña inequívoca de la lucha del ánima de Dª. María con El Maligno.
El cura alabó las medidas tomadas por la superiora. Además aspergió abundantemente con agua bendita las losas que cerraban la cripta (hasta casi hacerlas navegables) y ordenó 5 triduos en la certeza de que, transcurridos los 3 días de rigor, el alma de la Cárdenas quedaría ubicada en el cielo.
Y así ocurrió. A los 3 días y noches de horrísono insomnio, las voces y los golpes fuero cesando, de forma que todo apuntaba a que el alma de la difunta había conseguido entrar en el cielo. Las oraciones continuaron pero ahora ya los "Laudate dominum" fueron sustituyendo a los "De profundis".
Pasados como unos tres meses, D. Juan de Castilla, el viudo, volvió a Madrid y, aunque la demora en su regreso parece señalar que tampoco debía amar mucho a su difunta señora, por la razón que fuere solicitó visitar la cripta y echar unas preces ante el ataúd de su esposa.
Fue a la iglesia del convento y allí, en presencia de la superiora, ordenó que abriesen las lápidas que cerraban la tumba. Así se hizo y mandó a dos sirvientes que le acompañaban que acercasen dos hachones prendidos que llevaban al efecto, para que la escalera quedase iluminada y poder descender con seguridad a la estancia fúnebre.
Pero al acercarse las antorchas e iluminarse todo aquello se descubrió algo espeluznante. El cadáver de la pobre María, ya pudriente y casi descarnado, estaba fuera de su ataúd, aún envuelto en vendas del sudario y tumbado boca abajo a lo largo de la escalera de acceso a la cripta. El brazo derecho de aquel ya esqueleto se estiraba hacia la salida y de la mano abierta sobresalía un dedo corazón, ya sólo hueso, con el que la pobre desgraciada, con sus últimas fuerzas, pretendía empujar la losa sepulcral y volver a la vida.
María había sufrido un ataque de catalepsia que, al parecer, no era el primero que había padecido en su vida.
¿Murió de hambre? ¿De sed? ¿De frío? ¿De asfixia?
¿Murió María de Cárdenas ... ¡de terror!?
Canel.
2 comentarios:
Canel, yo ya no pego ojo en toda la noche. Por cierto, espero que eso de la catalepsia no sea hereditario. Un beso. Margari.
Estoy totalemente de acuerdo con Margari, que no sea hereditario.
Siempre he dicho que quiero que me incineren para que no me pase como a la pobre María. Que me entierren bien muertecita. Siempre he tenido pavor a la catalepsia. Tere
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